De niña viví muchas cosas que no me gustaban para nada. Creía firmemente que alguien, en alguna parte, estaba acostado en su cama soñándome, así que deseé más de una vez que quien fuera responsable de ese sueño despertara. En mi lógica infantil, eso haría que yo dejara de vivir esas experiencias desagradables. Lo que nunca me pregunté fue qué pasaría conmigo cuando el soñador despertara. Nunca se me ocurrió pensar si seguiría existiendo o no.
Hoy sé que el soñador soy yo misma, y también entiendo que un día, inevitablemente, ya no estaré aquí. Por eso escribo: para no olvidar a quienes conocí y me dieron raíces, voz y camino; a los que con su amor y su fuerza me sostuvieron y aún me sostienen. Escribo también para dar lugar a los que se perdieron en los pliegues del tiempo: los que murieron antes de que yo llegara y los que nunca fueron nombrados y aun así, de alguna forma u otra, me moldearon.
Escribo para reconocer a los hombres y mujeres de mi «sagrada familia» —la biológica y la escogida—, y escribo también para mí: para no olvidar y para no perderme en el olvido.
Bienvenida, gente bonita, a estas Crónicas de una vida en revisión.
