Así dicen en Colombia, como haciendo una pausa, cuando algo de la historia escuchada sorprende. A mí me gusta mucho cómo suena esa expresión, que escuché tantas veces en Medellín a inicios de los años 90.
Hoy día tengo 59 años. Y como que, a esta edad, a uno le toca reflexionar. Tuve dos hijos, que actualmente tienen 33 y 31, y una hija de 26. Tan queridos…
Los eduqué, como muchos padres de mi generación, bajo las mismas premisas con las que me educaron a mí, porque uno va por la vida creyendo que todo lo que le contaron era cierto. Sí hice algunos cambios, pero fueron pocos. En mi afán de que fueran hombres y mujeres de bien, llegué a tener actitudes que en su momento consideré adecuadas y también instalé en su mente ideas que hoy sé que no fueron las mejores.
Hasta inicios de 2023 no tenía conciencia de las catástrofes a las que, sin querer, pude haberlos inducido con mi “sabiduría” y mis métodos pedagógicos. Y no lo digo como justificación, porque no la hay. Simplemente pertenezco a la generación de adultos chiquitos, educados para obedecer, portarse bien, no cuestionar y no causar problemas. La generación que obedecía más por miedo a las consecuencias —humanas o divinas— que por verdadera convicción.
Fue hasta un año después, en 2024, que empezó a llegarme información que me permitió ver, con mucha claridad, las consecuencias reales que la educación que recibieron mis hijos ha tenido en su vida adulta. Hoy creo firmemente que no todo lo que dije debió decirse, y que no todo lo que hice debió hacerse.
Pero no puedo regresar el tiempo. Lo que sí puedo hacer es dejar evidencia de lo que hoy veo, desde la conciencia que antes no tenía, sin pretender tener la verdad absoluta ni ser gurú de nada.
Escribo esto con la esperanza de que lo que comparta le sirva a alguien —para prevenir, para corregir, o para mirar qué viene haciendo—. Y también, quizá, para que mis hijos sepan algún día que estoy reconociendo y nombrando mis propias mentiras, una por una.
