La primera vez que lo vi era un cachorrito. Arturo lo llevó a la casa y se quedó a dormir con él en la sala. Yo iba llegando en la noche y le dije: «Si se hace, tú limpias», o algo así. Fue en el 2008. Al día siguiente se fue a casa de la abuela para que lo conociera.
Así como yo supongo que mi mamá jamás pensó, cuando lo conoció, que allá por el 2010 iba a acabar rescatándolo del exilio, yo tampoco imaginé que en el 2021 él, y la Triana —su viejona—, acabarían viviendo conmigo.
Manchas era un perro feliz, cuya actividad diaria consistía en dormir por la mañana y levantarse de vez en cuando para tratar de alcanzar a alguno de los gatos a través de la reja que los separa; lamer el piso, lamer su pata o, simplemente, pararse en medio del patio (así, literal). Cuando comenzó a hacer eso, le dije en broma a Ángela que seguro ya no se acordaba si estaba saliendo o entrando de la casa. Y sí: resultó que, en alguna visita al doGtor, nos dijo que esas ya eran conductas propias de los perritos de su edad.
Aunque a veces andaba de malas, era muy querendón. Vivía para el apapacho y para su paseo diario al parque… aunque el paseo ya sólo consistía en irnos a sentar donde nos diera el solecito para que no se enfermara, porque catorce años y ocho meses para mi viejito ya estaban siendo muchos. Eso es algo que tampoco pensamos nunca. Así que, después de unos meses con algunos temitas de salud respiratorios, mi gordo —que ya no estaba gordo— descansa en paz.
Hasta la vista, nene. Acá te cuidamos a tu viejona.
Escrito el 16 de diciembre de 2022.
