Marcelo

Marcelo Goyenechea García era el verdadero nombre de mi padre, quien, por azares del destino, acabó siendo Bonilla en lugar de Goyenechea. Él decidió venir y dejar este plano el mismo día, un 29 de enero, con 77 años de diferencia.

Poco puedo decir de un hombre que no se dejó conocer, salvo que era feliz tomando whisky en las noches y escuchando música de diferentes tipos según la etapa musical en que anduviera. Tuvo su periodo de tango, de cumbia, de mambo, de salsa, de country, de jazz y vaya usted a saber de qué más.

Supongo que para ahorita ya estará con Nietzsche, aunque no sé si vaya a reconocer la gran admiración que le tenía, porque mi padre era así; siempre he creído que un día entró a una tienda en la que estaba de oferta la verdad absoluta… y él la compró toda.

Brillante, como pocos, fue apagando su luz desde mucho tiempo antes de dejar este plano y se llevó a la tumba los motivos que, cualesquiera que hayan sido, ya forman parte del olvido.

Para mí, fue el padre que yo escogí y quien, cabalmente y con toda precisión, dio vida al guión que le pasé y que me ha permitido crecer en conciencia.

Descansa en paz… pero sólo unos días, porque en poco tiempo celebraremos tu vida.

Escrito el 1o de febrero de 2017.

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