Triana

Si Triana hubiera sido un humano, indudablemente habría sido la desmadrosa del salón. Hace 14 años no andaba de moda la adopción, así que mi mamá la fue a comprar a una veterinaria, porque ella se iba a trabajar todo el día. La idea era que le hiciera compañía al Manchas cuando lo rescató del ostracismo. Se la iban a dar cuando tenía 3 meses, pero Triana tuvo a bien aventarse a un laguito del criadero, por lo que su llegada a nuestras vidas se retrasó un mes.

Manchas siempre fue muy paternal, así que la recibió como si fuera su cachorrita, y mi mamá cuenta que cuando regresaba de trabajar la encontraba llena de babas porque él se había dedicado a lamerla todo el día. También gustaba de morderle las orejas; había que quitarlo porque la agarraba de goma de mascar.

Un día, mi mamá se subió a su azotea y Manchas y Triana la siguieron. Manchas, que tenía 2 años más que ella, comenzó a caminar por un filito del techo y, como Triana siempre fue de esas seguidoras de «lo que hace el mico hace la mona», se le hizo muy fácil imitarlo… solo que ella acabó de nachitas en el suelo. Afortunadamente no le pasó nada.

Aunque de joven, por su color de pelaje, literalmente parecía tener cara de perro, era muy dulce. Cuando me la traje a Querétaro hace casi 3 años, ya estaba canosa, así que su carita se suavizó mucho. Era mi perrito faldero de tamaño familiar, acostumbraba a seguirme a todo donde yo fuera y, por cositas de la edad, ya le daba ansiedad si de pronto me alejaba de su vista. Así que por años procuré no subir a la planta alta de mi casa durante el día. La noche era otra cosa: como a las 11 ya nos daba permiso de subir.

Siempre tuvo un carácter muy alegre y cuando no se le hacía caso le gustaba jalar su cobija y arrastrarla como señal de protesta. A pesar de su edad, uno de sus gallos (dijera mi abuelita) era echarse panza arriba, con sus patitas al aire, con todo el cuerpo torcido, y se me quedaba viendo hasta que me hacía voltear. Sabía que indudablemente iba a tirarme con ella a apapacharla y a decirle que era «el perrito más lindo del mundo».

Hace unos días vino Arturo y dejó cosas de despensa —que se iba a llevar a Dubai— en el estudio. Ya saben: mexicano que se respeta, se lleva cosas de comer en la maleta. ¿El marcador final? Arturo 0 – Triana 1, porque dejó la puerta del estudio abierta y Triana aprovechó para irse a servir unas cuantas tortillas de maíz.

Puedo decir que fue muy feliz viviendo dentro de la casa, gracias a Alejandro y a Ángela, quienes no me dejaron dejarla afuera. Y yo fui la más feliz por haberla tenido como mi compañerita del home office, de la cocinada, de la tendida de la ropa, de la cortada del pasto, del Duolingo y de todo lo que yo estuviera haciendo por acá. Si un día regresa como humano, ya va a saber hacer muchas cosas: tendrá nociones de inglés, francés e italiano y se sabrá muchas recetas, porque siempre le platicaba cómo estaba cocinando, en lo que ella se dedicaba a trapear el piso con la lengua. Era otra de sus manías de viejita.

Una hora antes de su cena comenzaba a caminar de un lado a otro. Ya sabía que era hora de cenar sus croquetas con las verduras cocidas que le recetó el doGtor cuando le detectó dañito hepático. Durante esa hora, Luna (la chihuahua) y ella me seguían como si fueran mi séquito, esperando el momento de cenar. Nota al margen: no había forma de que le diera verduritas a Triana y a Luna no.

Aunque por fuera se veía un poco cansada, pero bien, y aunque su mente dijera que «yeah«, su cuerpo dijo que «nel«. Sus análisis de sangre salieron más que del nabo. El domingo que nos los entregaron y que nos llamaron para «comenzar con carácter de urgente el tratamiento», amablemente le comentamos al doGtor que ya habíamos decidido dejarla descansar, por lo que nos dio permiso de darle de comer lo que le gustara.

Esa noche le hice caldito de pollo y arroz para el día siguiente. Hicimos pijamada con ella en la sala y yo literalmente me dormí con ella en sus cojines, abrazándola, hasta que me subí al sillón porque le dio mucho calor.

El día de ayer se degustó con singular alegría su caldito de pollo, pollito desmenuzado, arroz y pedacitos de tortilla, que —como vimos anteriormente— le encantaban. Ya no le di verduritas cocidas para que no le fueran a mover de más la panza; la intención era que se fuera lo mejor que pudiera.

En la tarde la llevamos al parque y saludó a muchos perritos. Estuvimos como una hora y caminamos a la veterinaria que queda enfrente. Según Ángela y yo, fue un gran final, como no podía ser de otra manera para mi perro molestoso (así le decía de cariño, porque si me subía comenzaba a chillar), para mi medio séquito (porque el otro medio sigue siendo Luna), para mi compañerita, para mi viejona, mi Chona. No podías esperar menos de tu persona favorita… y otra (jajajajaja, chiste local).

Misión cumplida, Manchas.
Choni, hasta que nos volvamos a encontrar.

Escrito el 27 de febrero de 2024.

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