Marcelo

Mi papá nació en 1940 y fue el tercero de cuatro hijos que tuvo mi abuela Elena con mi abuelo Juan José Mayer, quien de nacimiento se llamaba José Raymundo Marcelino, pero que, por razones que desconozco, se cambió el nombre. Antes de mi papá nació mi tío Pepe, luego mi tío Javier; después de él llegó mi tío Jorge. Unos pocos años después de que naciera el menor, mi abuela se divorció de mi abuelo a causa de otra mujer, así que ella se quedó a cargo de sus cuatro hijos.

Según me contó mi mamá, mi abuela trabajó como secretaria de Miguel Alemán Valdés, quien fue presidente de la República entre 1946 y 1952. En algún punto dentro de esos seis años, mi abuela consiguió becas para que sus hijos estudiaran en un reconocido colegio —que también era internado— sólo para hombres, pero del que yo ni siquiera me sé el nombre.

De las pocas cosas que mi papá contó de esa etapa fue que a él le partía el corazón escuchar a mi tío Jorge llorar por las noches en el internado. Además, odiaba el arroz con leche, porque decía que todos los días se los servían de postre.

Mi abuela Elena se volvió a casar, esta vez con Anselmo. En 1952, a mi papá y a sus hermanos les cambiaron el apellido; al menos eso dicen los datos que me arrojó una consulta de la CURP de mi papá, donde claramente aparece: «Año de registro: 1952». Esto ocurrió porque Elena y Anselmo estaban por tener —o ya lo habían tenido, no sé— a mi tío Alejandro, el primero de sus dos hijos. En esa época, tener hijos con apellidos distintos no estaba bien visto, así que Anselmo los adoptó, ocasionando que un día salieran del internado los Goyenechea García y regresaran los Bonilla García.

Del resto de su vida temprana no sé mucho más, sólo que estudió Economía en el ITAM, donde conoció a mi mamá mientras ella ensayaba para un recital de piano. A mi mamá le gustó que fuera alto. Se casaron y tuvieron tres hijas: Marcela, la primera; Gabriela, la segunda; y Marcela, la tercera. La primera Marcela murió cinco días después de haber nacido. Según me contó mi hermana, mi papá se guardó como espina en el corazón la duda sobre la causa de la malformación en la arteria aorta con la que nació.

De él, como papá dentro de mi casa, no recuerdo nada. Mi mamá dice que se fue por otra mujer cuando yo aún no cumplía dos años, pero también cuenta que insistió mucho en que fuera al funeral de Mayer, que murió en 1970, así que la historia no termina de cuadrarme. Mi padre guardó mucho rencor hacia el suyo; sin embargo, como suele pasar cuando se juzga a un padre, terminó repitiendo su historia por lealtad.

Lo que sí recuerdo es que lo conocí poco después de que salió la sentencia del divorcio con mi mamá. Me lo presentaron en un restaurante de la Ciudad de México. Mi mamá me dijo: «Mira, él es tu papá, se llama Marcelo», y como yo tenía unos seis años, levanté la cabeza para mirarle la cara. A partir de ahí, Gaby y yo salíamos con él cada sábado, en una visita programada nine-to-five.

Un día, en una de esas visitas, nos dejó un rato solas en el coche. Como no teníamos nada más que hacer, abrimos la guantera y encontramos un sobre con fotografías. Cuando regresó, le preguntamos quién era la mujer que aparecía en ellas, vestida con un traje sastre blanco. Se quería morir: nunca se le ocurrió pensar que las íbamos a ver. Nos explicó, como pudo, que se había vuelto a casar.

Al poco tiempo, Gaby desertó de las salidas sabatinas, así que yo seguí saliendo sola con él. Un día me propuso conocer a María Elena, la esposa de las fotos, y yo accedí. Claro que fue nuestro secretito, porque si mi mamá se enteraba… No salimos con ella siempre, sólo una que otra vez.

Cuando estaba por cumplir diez años nos fuimos a vivir a Oaxaca, y se acabaron las salidas sabatinas, que casi siempre seguían el mismo plan: desayunar, ir al Centro de Convivencia Infantil, a Chapultepec o, muy rara vez, a visitar a la abuela Elena, comer, pasar por algún parque, dar una vuelta y hasta luego. A veces íbamos a algún centro comercial, pero sólo a ver; para mí era como ver la tele, pero sin prenderla.

Si no logramos crear un vínculo viviendo en la misma ciudad, a la distancia fue todavía más difícil. Aunque intentamos escribirnos, en realidad no había mucho qué decir, qué extrañar o qué expresar, porque no teníamos una relación. En ocho años fue tres veces a vernos a Oaxaca: una por inspiración, y las otras dos porque nos graduamos de la prepa.

Sí lo vi algunas veces cuando yo iba a la Ciudad de México; incluso viví con él y con María Elena un mes, cuando fui a trabajar al Banco de México como parte de Los Golondrinos.

Cuando enviudó de María Elena y nació mi hijo Arturo, comenzó a visitar a sus nietos —y de pasada a sus hijas— un par de veces al año. Al reencontrarse con Martha, el gran amor por el que dejó a mi mamá, empezó a visitarnos con más frecuencia; ella fomentaba la convivencia. En algún punto se casó con Martha, pero ese matrimonio no prosperó. Después conoció a Arabela, quien se convirtió en su última esposa.

Aunque parezcan muchos detalles, en realidad sé poco sobre él. Sé que le encantaba Nietzsche, que leía sus libros y tomaba apuntes. Durante algún tiempo escribió una columna en un periódico bajo el seudónimo que construyó tomando el segundo apellido de mi abuelo Anselmo, se nombró a sí mismo Marcelo Estevané.

No sé a ciencia cierta cómo procesó el matrimonio de su mamá —que, hasta donde supe, fue un secretito del que él y sus hermanos se enteraron por casualidad—, ni cómo le afectó el cambio de apellido, ni cómo sobrevivió al arroz con leche.

Sólo me tocó verlo recordar una vez, sentado en una mesa del restaurante Rancho Zapata, en Oaxaca, con su cigarro en la mano y la mirada perdida más allá del horizonte, el llanto de mi tío Jorge y su odio hacia el arroz con leche. Aun sin decir nada, se notaban su dolor y el profundo resentimiento hacia su madre.

En algún punto de los últimos años de su vida, cortó todo contacto con sus hijas y sus nietos. Tenía enfisema pulmonar, así que, al lado del enfermero de turno que lo cuidaba y de su tanque de oxígeno, se organizaba la hora del amigo, siempre acompañado de su inseparable cigarrito.

Así era mi padre, el hombre del que mi primera hermana y yo heredamos el nombre: inteligente, distante, fiel a sus rituales, a sus creencias, a sus verdades absolutas, y dueño de una historia que terminó siendo más fuerte que sus vínculos y que se fue sin cerrar.

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