Archivo del Autor: Marcela Bonilla Jimenez

Marcelo

Mi papá nació en 1940 y fue el tercero de cuatro hijos que tuvo mi abuela Elena con mi abuelo Juan José Mayer, quien de nacimiento se llamaba José Raymundo Marcelino, pero que, por razones que desconozco, se cambió el nombre. Antes de mi papá nació mi tío Pepe, luego mi tío Javier; después de él llegó mi tío Jorge. Unos pocos años después de que naciera el menor, mi abuela se divorció de mi abuelo a causa de otra mujer, así que ella se quedó a cargo de sus cuatro hijos.

Según me contó mi mamá, mi abuela trabajó como secretaria de Miguel Alemán Valdés, quien fue presidente de la República entre 1946 y 1952. En algún punto dentro de esos seis años, mi abuela consiguió becas para que sus hijos estudiaran en un reconocido colegio —que también era internado— sólo para hombres, pero del que yo ni siquiera me sé el nombre.

De las pocas cosas que mi papá contó de esa etapa fue que a él le partía el corazón escuchar a mi tío Jorge llorar por las noches en el internado. Además, odiaba el arroz con leche, porque decía que todos los días se los servían de postre.

Mi abuela Elena se volvió a casar, esta vez con Anselmo. En 1952, a mi papá y a sus hermanos les cambiaron el apellido; al menos eso dicen los datos que me arrojó una consulta de la CURP de mi papá, donde claramente aparece: «Año de registro: 1952». Esto ocurrió porque Elena y Anselmo estaban por tener —o ya lo habían tenido, no sé— a mi tío Alejandro, el primero de sus dos hijos. En esa época, tener hijos con apellidos distintos no estaba bien visto, así que Anselmo los adoptó, ocasionando que un día salieran del internado los Goyenechea García y regresaran los Bonilla García.

Del resto de su vida temprana no sé mucho más, sólo que estudió Economía en el ITAM, donde conoció a mi mamá mientras ella ensayaba para un recital de piano. A mi mamá le gustó que fuera alto. Se casaron y tuvieron tres hijas: Marcela, la primera; Gabriela, la segunda; y Marcela, la tercera. La primera Marcela murió cinco días después de haber nacido. Según me contó mi hermana, mi papá se guardó como espina en el corazón la duda sobre la causa de la malformación en la arteria aorta con la que nació.

De él, como papá dentro de mi casa, no recuerdo nada. Mi mamá dice que se fue por otra mujer cuando yo aún no cumplía dos años, pero también cuenta que insistió mucho en que fuera al funeral de Mayer, que murió en 1970, así que la historia no termina de cuadrarme. Mi padre guardó mucho rencor hacia el suyo; sin embargo, como suele pasar cuando se juzga a un padre, terminó repitiendo su historia por lealtad.

Lo que sí recuerdo es que lo conocí poco después de que salió la sentencia del divorcio con mi mamá. Me lo presentaron en un restaurante de la Ciudad de México. Mi mamá me dijo: «Mira, él es tu papá, se llama Marcelo», y como yo tenía unos seis años, levanté la cabeza para mirarle la cara. A partir de ahí, Gaby y yo salíamos con él cada sábado, en una visita programada nine-to-five.

Un día, en una de esas visitas, nos dejó un rato solas en el coche. Como no teníamos nada más que hacer, abrimos la guantera y encontramos un sobre con fotografías. Cuando regresó, le preguntamos quién era la mujer que aparecía en ellas, vestida con un traje sastre blanco. Se quería morir: nunca se le ocurrió pensar que las íbamos a ver. Nos explicó, como pudo, que se había vuelto a casar.

Al poco tiempo, Gaby desertó de las salidas sabatinas, así que yo seguí saliendo sola con él. Un día me propuso conocer a María Elena, la esposa de las fotos, y yo accedí. Claro que fue nuestro secretito, porque si mi mamá se enteraba… No salimos con ella siempre, sólo una que otra vez.

Cuando estaba por cumplir diez años nos fuimos a vivir a Oaxaca, y se acabaron las salidas sabatinas, que casi siempre seguían el mismo plan: desayunar, ir al Centro de Convivencia Infantil, a Chapultepec o, muy rara vez, a visitar a la abuela Elena, comer, pasar por algún parque, dar una vuelta y hasta luego. A veces íbamos a algún centro comercial, pero sólo a ver; para mí era como ver la tele, pero sin prenderla.

Si no logramos crear un vínculo viviendo en la misma ciudad, a la distancia fue todavía más difícil. Aunque intentamos escribirnos, en realidad no había mucho qué decir, qué extrañar o qué expresar, porque no teníamos una relación. En ocho años fue tres veces a vernos a Oaxaca: una por inspiración, y las otras dos porque nos graduamos de la prepa.

Sí lo vi algunas veces cuando yo iba a la Ciudad de México; incluso viví con él y con María Elena un mes, cuando fui a trabajar al Banco de México como parte de Los Golondrinos.

Cuando enviudó de María Elena y nació mi hijo Arturo, comenzó a visitar a sus nietos —y de pasada a sus hijas— un par de veces al año. Al reencontrarse con Martha, el gran amor por el que dejó a mi mamá, empezó a visitarnos con más frecuencia; ella fomentaba la convivencia. En algún punto se casó con Martha, pero ese matrimonio no prosperó. Después conoció a Arabela, quien se convirtió en su última esposa.

Aunque parezcan muchos detalles, en realidad sé poco sobre él. Sé que le encantaba Nietzsche, que leía sus libros y tomaba apuntes. Durante algún tiempo escribió una columna en un periódico bajo el seudónimo que construyó tomando el segundo apellido de mi abuelo Anselmo, se nombró a sí mismo Marcelo Estevané.

No sé a ciencia cierta cómo procesó el matrimonio de su mamá —que, hasta donde supe, fue un secretito del que él y sus hermanos se enteraron por casualidad—, ni cómo le afectó el cambio de apellido, ni cómo sobrevivió al arroz con leche.

Sólo me tocó verlo recordar una vez, sentado en una mesa del restaurante Rancho Zapata, en Oaxaca, con su cigarro en la mano y la mirada perdida más allá del horizonte, el llanto de mi tío Jorge y su odio hacia el arroz con leche. Aun sin decir nada, se notaban su dolor y el profundo resentimiento hacia su madre.

En algún punto de los últimos años de su vida, cortó todo contacto con sus hijas y sus nietos. Tenía enfisema pulmonar, así que, al lado del enfermero de turno que lo cuidaba y de su tanque de oxígeno, se organizaba la hora del amigo, siempre acompañado de su inseparable cigarrito.

Así era mi padre, el hombre del que mi primera hermana y yo heredamos el nombre: inteligente, distante, fiel a sus rituales, a sus creencias, a sus verdades absolutas, y dueño de una historia que terminó siendo más fuerte que sus vínculos y que se fue sin cerrar.

Las nubes no son azules

Cuando era niña, en una salida sabatina con mi papá, en el desaparecido Distrito Federal (hoy CDMX), fuimos al Centro de Convivencia Infantil, que —si mi memoria no me falla— está en el Paseo de la Reforma. Si me falló, pues ya ni modo: habrá que pedirle a Google la ubicación exacta si alguien gusta saber a dónde fui.

Bueno, pues fuimos mi papá, mi hermana y yo al citado lugar, y Gaby y yo entramos a un espacio donde había una pista en la que podías andar en bici o triciclo, según tu edad.

La cosa estaba de lujo, lo más genial del mundo mundial —al menos para mí—: callecitas, líneas discontinuas, puentecito elevado, semáforos en la intersección de las calles y toda la cosa. Una andaba ahí en modalidad chofer designado.

En esa ocasión, una vez concluido el recorrido —que no recuerdo cuántas veces pude hacer, porque no, no era permanencia voluntaria— salimos de ahí y había unos jóvenes con mandiles puestos. No por mandilones, sino porque estaban encargados de llevar a cabo la actividad de arte, que consistía en asignarte un caballete en el que podías echar a volar tu imaginación y crear tu obra maestra con crayolas… Mmm… ahora que lo pienso, si eran crayolas, el mandil estaba de más, pero bueno.

Así que me dio el atacazo artístico y me puse a dibujar. En realidad la pintura no se me daba. Una cosa es que yo sea muy inteligente y otra muy diferente que sea muy creativa; creativa sí soy, pero mi creatividad no encuentra salida en las artes plásticas. Mi dibujo era bastante simple: arriba unas nubes y abajo supongo que puse la típica casita de techo rojo con chimenea humeante, el pastito, el arbolito, las flores… y se acabó.

Cuando terminé mi creación le dije al chavo que estaba encargado:
—Ya terminé.

Obviamente yo me sentía Picasso wanna be, o la encarnación de Rembrandt o algo así; realmente estaba orgullosa de lo que había logrado. El chavo vino, se quedó viendo mi obra de arte y me dijo:
—Las nubes no son azules.

Y yo, en mi mente, pensé: ¿E-cui-mi? Pero lo que le dije, con toda la seguridad del mundo, fue:
—Sí son.

No lo culpo. Debe haber tenido entre 18 y 20 años, así que por la edad y por la época en que tuvo lugar este evento, no creo que supiera nada de inteligencia emocional. Sin más reparo, levantó el dedo índice de su mano, señaló hacia arriba y me dijo:
—Voltea.

Eché la cabeza hacia atrás para mirar al cielo y cuál sería mi asombro al darme cuenta que yo estaba equivocada: las nubes eran blancas. Debo haber tenido unos 7 u 8 años, pero honestamente en todos mis dibujos yo siempre pintaba las nubes de color azul. Mi autoestima, mi dignidad y mi creatividad, todas juntas, se fueron 3 metros bajo tierra a partir de ese momento. Me sentí como si estuviera encuerada y todo mundo me estuviera viendo. En mi mente fue como si el chavo hubiera agarrado un megáfono y hubiera dicho algo como «¿ya vieron? esta niña tonta no sabe que las nubes son blancas». Me dio muchísima vergüenza. No recuerdo si me llevé mi dibujo o lo dejé ahí.

Lo que sí sé es que ese pequeño incidente marcó mi vida, se me tatuó en el alma con un hierro candente (ya sé que no se usa el hierro candente para esto, pero así lo sentí).

La frase las nubes no son azules es una metáfora. No es que yo haya dicho esas mismas palabras. Utilicé no sólo palabras, sino acciones distintas para descalificar a mis hijos de muchas formas: arrancando la hoja de la tarea para que la repitieran; obligándolos a comer lo que no les gustaba; vaciándoles todo el clóset para que guardaran como si fueran adultos; vociferando «¿qué no puedes hacer nada bien?» cuando algo no les quedaba como yo quería… La lista podría continuar, pero con esa probadita es suficiente.

Lo peor de esta historia es que a mí me dijo la frase un perfecto desconocido, y sufrí en carne propia los efectos de su connato de descalificación. Y lo llamo así porque sé que no lo hizo en mal plan; no lo justifico, pero entiendo que ni cuenta se dio de lo que hizo. Yo, en cambio, no era una desconocida para mis hijos, y no me tenté el corazón para darles —de muchas formas— el mensaje de que «las nubes no son azules».

Hoy sé que no tuve razón en hacerlo. No porque las nubes sean blancas, sino porque el daño nunca estuvo en el color, sino en el mensaje.

Lo que hice fue desautorizar su experiencia al intentar cambiar su mirada por la mía. Les dije —sin decirlo— que lo que veían, sentían, intuían o hacían no era válido si no coincidía con lo que yo creía correcto.

Y ésa es la verdadera mentira: hacerle creer a un hijo que lo que es, lo que siente o lo que hace, no está bien.

Noemí

Noemí Victoria es el nombre de la mujer que me dio la vida, de mi madre. Nació como la primogénita del matrimonio entre Mateo y Victoria. Creo que fue mi abuelita Victoria la que me contó que su labor de parto duró casi una semana laboral, de lunes a viernes; así que supongo que desde ahí empezaron mal. Para cuando mi mamá finalmente se dignó a nacer, el Dr. Mateo se enojó con Victorita porque el hijo no era varón y se fue de la casa una semana. Y lo creo: cuando yo estaba embarazada de Arturo, mi primer hijo, mi abuelita me dijo: «ojalá que sea niño, los hombres siempre quieren que el primero sea niño».
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Poco le duró la vida de princesa consentida, porque cinco años después llegaría, para derrocarla, el tan deseado varón: mi tío Mateo. Mi mamá le decía a mi abuelita:»ese hermano feo no me gusta, que se lo lleve el carbonero» porque había pasado a segundo término. Mateíto fue el consentido. Y creo que poco tiempo después —como al año— llegaría mi tío Augusto, el primogénito de mi abuelo, quien se había quedado en Juchitán con su abuela materna después de que su madre, Augusta, muriera en el parto.
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Por ahí tiene en su haber unas cuantas travesuras infantiles tanto con sus compañeras de la escuela como con sus primos hermanos: como mi abuelita tenía tantos hermanos, había personajes para dar, prestar y regalar o para hacer una pandilla.

Hasta donde sé, la infancia de mi mamá no estuvo tan mal; nada más que mi abuelita sí era mano dura (de ahí creo que vienen los métodos educativos antipedagógicos). Mi abuelo resultó tremendito, entonces el matrimonio, al interior del hogar, no era precisamente bien avenido y el ambiente familiar, pues ya sabrán.

Dice que ella misma pidió irse a México al internado, al Helena Herlihy Hall, supongo que al terminar la preparatoria en «El Verbo». Vivió en casa del Ing. Meixueiro y su esposa, porque la tía Pina era su mejor amiga. En el internado estudió para Secretaria Ejecutiva Bilingüe. Como a la par estudiaba para ser pianista concertista, cuenta que un día fue al ITAM —donde estudiaba mi papá— a practicar para un concierto. Ahí se conocieron, se enamoraron y mi abuelita regresó a mi mamá a Oaxaca.

Durante un año mi papá viajaba en camión a verla, cada fin de semana o algunos fines de semana al mes; no lo sé. Alguna vez tuve en mis manos las cartitas de amor que él le escribió, pero por respeto nunca las leí.

Finalmente se casaron en 1962 y se fueron a vivir a México. Su primera hija nació en octubre de 1963, con un problema congénito en la arteria aorta; murió a los cinco días de nacida, de neumonía, después de pasar su corta existencia en una incubadora.
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Después nació Gaby en 1965 y yo en 1966. Supongo que el recuerdo de aquella pérdida los hizo no querer que sus hijas nacieran en Oaxaca. Al poco tiempo se fue mi papá. Así que Noemí tuvo que ver qué hacía: vendió Fuller, Turmix e hizo traducciones del inglés y del francés al español para Pemex. Luego se metió a dar clases de inglés y, en verano, estudiaba en la Normal Superior de Oaxaca para obtener el título de maestra.
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En México llevaba una vida bastante difícil: trabajaba en la mañana dando clases a niñas de primaria en la misma escuela donde estudiábamos mi hermana y yo; en la tarde, después de comer, daba clases particulares de inglés y piano en la casa; luego corría —sola o con nosotras— a dar clases en una secundaria nocturna para trabajadores en el finísimo y exclusivísimo Azcapotzalco.
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Finalmente tuvo a bien regresar a Oaxaca, así, a casa de Mateo y Victoria, sin avisar siquiera que ese verano llegábamos no por dos meses sino para quedarnos. Evidentemente, las cosas no progresaron y salimos disparadas de ahí al poco tiempo. Vivimos con el tío Augusto, quien a los pocos meses falleció.
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Un año después, nos movimos a Xoxo, era la Directora de Académicos de un Instituto, así que le dieron una micro casa, yo creo que de si acaso 45 metros cuadrados; de ahí nos fuimos a un departamento y luego, finalmente, sus papás le prestaron el Sanatorio, así le decíamos a la casa al lado de mis abuelos, donde él tuvo un sanatorio muchos años atrás. Pero muere el abuelo Mateo y Victorita quiere de vuelta la casa, así que le mete una demanda de tamaño familiar que progresa a su favor y consigue sacarla de ahí.
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Desde que llegamos a Oaxaca trabajó en el CBTis de San Felipe hasta que se jubiló hace no tanto… ¿unos diez años? Ahí también su vida laboral, sobre todo al inicio, estuvo marcada por injusticias y cosas que, bueno… A pesar de todo, todavía se puso a estudiar su Especialidad y posteriormente su Maestría en Educación.
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Nunca fue la madre cariñosa, tierna, afectuosa, que yo tenía en mi cabeza. Más bien fue una madre exigente, sobrepasada por las circunstancias, que hizo lo que pudo para tratarnos de educar con las herramientas que tenía; y creo que, siendo honestos, entre esas herramientas, las emocionales brillaron casi por su ausencia Claro que la época tampoco ayudaba, todo este rollo del aspecto emocional no se cuidaba.

No-e-mí Victoria. Este nombre provoca cierta tristeza, porque en el mismo hay algo que suena a derrota implícita. Al menos, creo que es así como lo ve ella y por eso fui llevando el marcador, que no es real, pero sí se asemeja al que quizá carga en la cabeza, porque tiende a hacer lo que yo hice: no mirar sus victorias.

Y sí, a sus 89 años a veces todavía busca el amor de su madre. Lo entiendo. Pero no me toca ocupar ese lugar. No soy su mamá, y tampoco tengo que serlo. Solo puedo, y solo me corresponde, tomar la vida que me dio y tomarla a ella como mi madre —al precio que le costó—, y darle lo que me toca desde lo que sí soy: el amor de hija.

Madre: «lo hiciste bien» y no lo digo desde la arrogancia calificando ni lo que hiciste ni cómo lo hiciste, lo digo desde el agradecimiento. Desde ahí te veo, te reconozco, te admiro, te quiero, y desde ahí honro todo lo que hiciste para inspirarme, en parte, a ser quien soy hoy.

Triana

Si Triana hubiera sido un humano, indudablemente habría sido la desmadrosa del salón. Hace 14 años no andaba de moda la adopción, así que mi mamá la fue a comprar a una veterinaria, porque ella se iba a trabajar todo el día. La idea era que le hiciera compañía al Manchas cuando lo rescató del ostracismo. Se la iban a dar cuando tenía 3 meses, pero Triana tuvo a bien aventarse a un laguito del criadero, por lo que su llegada a nuestras vidas se retrasó un mes.

Manchas siempre fue muy paternal, así que la recibió como si fuera su cachorrita, y mi mamá cuenta que cuando regresaba de trabajar la encontraba llena de babas porque él se había dedicado a lamerla todo el día. También gustaba de morderle las orejas; había que quitarlo porque la agarraba de goma de mascar.

Un día, mi mamá se subió a su azotea y Manchas y Triana la siguieron. Manchas, que tenía 2 años más que ella, comenzó a caminar por un filito del techo y, como Triana siempre fue de esas seguidoras de «lo que hace el mico hace la mona», se le hizo muy fácil imitarlo… solo que ella acabó de nachitas en el suelo. Afortunadamente no le pasó nada.

Aunque de joven, por su color de pelaje, literalmente parecía tener cara de perro, era muy dulce. Cuando me la traje a Querétaro hace casi 3 años, ya estaba canosa, así que su carita se suavizó mucho. Era mi perrito faldero de tamaño familiar, acostumbraba a seguirme a todo donde yo fuera y, por cositas de la edad, ya le daba ansiedad si de pronto me alejaba de su vista. Así que por años procuré no subir a la planta alta de mi casa durante el día. La noche era otra cosa: como a las 11 ya nos daba permiso de subir.

Siempre tuvo un carácter muy alegre y cuando no se le hacía caso le gustaba jalar su cobija y arrastrarla como señal de protesta. A pesar de su edad, uno de sus gallos (dijera mi abuelita) era echarse panza arriba, con sus patitas al aire, con todo el cuerpo torcido, y se me quedaba viendo hasta que me hacía voltear. Sabía que indudablemente iba a tirarme con ella a apapacharla y a decirle que era «el perrito más lindo del mundo».

Hace unos días vino Arturo y dejó cosas de despensa —que se iba a llevar a Dubai— en el estudio. Ya saben: mexicano que se respeta, se lleva cosas de comer en la maleta. ¿El marcador final? Arturo 0 – Triana 1, porque dejó la puerta del estudio abierta y Triana aprovechó para irse a servir unas cuantas tortillas de maíz.

Puedo decir que fue muy feliz viviendo dentro de la casa, gracias a Alejandro y a Ángela, quienes no me dejaron dejarla afuera. Y yo fui la más feliz por haberla tenido como mi compañerita del home office, de la cocinada, de la tendida de la ropa, de la cortada del pasto, del Duolingo y de todo lo que yo estuviera haciendo por acá. Si un día regresa como humano, ya va a saber hacer muchas cosas: tendrá nociones de inglés, francés e italiano y se sabrá muchas recetas, porque siempre le platicaba cómo estaba cocinando, en lo que ella se dedicaba a trapear el piso con la lengua. Era otra de sus manías de viejita.

Una hora antes de su cena comenzaba a caminar de un lado a otro. Ya sabía que era hora de cenar sus croquetas con las verduras cocidas que le recetó el doGtor cuando le detectó dañito hepático. Durante esa hora, Luna (la chihuahua) y ella me seguían como si fueran mi séquito, esperando el momento de cenar. Nota al margen: no había forma de que le diera verduritas a Triana y a Luna no.

Aunque por fuera se veía un poco cansada, pero bien, y aunque su mente dijera que «yeah«, su cuerpo dijo que «nel«. Sus análisis de sangre salieron más que del nabo. El domingo que nos los entregaron y que nos llamaron para «comenzar con carácter de urgente el tratamiento», amablemente le comentamos al doGtor que ya habíamos decidido dejarla descansar, por lo que nos dio permiso de darle de comer lo que le gustara.

Esa noche le hice caldito de pollo y arroz para el día siguiente. Hicimos pijamada con ella en la sala y yo literalmente me dormí con ella en sus cojines, abrazándola, hasta que me subí al sillón porque le dio mucho calor.

El día de ayer se degustó con singular alegría su caldito de pollo, pollito desmenuzado, arroz y pedacitos de tortilla, que —como vimos anteriormente— le encantaban. Ya no le di verduritas cocidas para que no le fueran a mover de más la panza; la intención era que se fuera lo mejor que pudiera.

En la tarde la llevamos al parque y saludó a muchos perritos. Estuvimos como una hora y caminamos a la veterinaria que queda enfrente. Según Ángela y yo, fue un gran final, como no podía ser de otra manera para mi perro molestoso (así le decía de cariño, porque si me subía comenzaba a chillar), para mi medio séquito (porque el otro medio sigue siendo Luna), para mi compañerita, para mi viejona, mi Chona. No podías esperar menos de tu persona favorita… y otra (jajajajaja, chiste local).

Misión cumplida, Manchas.
Choni, hasta que nos volvamos a encontrar.

Escrito el 27 de febrero de 2024.

Alfredo

Hoy me vino una avalancha de recuerdos que iniciaron en la alberca del deportivo, poco después de haber llegado a Oaxaca.

Hay tantas cosas que guardo en el álbum de recuerdos de mi corazón: que fueras tanto tiempo mi compañero de la banca de al lado; hasta aprendiste a escribir con mi letra para que te hiciera los apuntes y que los maestros no se dieran cuenta… las clases de teatro… los concursitos de canciones en el vocho cuando regresábamos de paraescolares… los paseos en tu moto… las clases de manejo en estándar… las de manejo de moto, aunque nunca aprendí… las tardes en casa de Luis Javier o en mi casa, estudiando para mate, para filosofía… el viaje con Silvino y Luis Javier a CDMX… aquél en que fuimos a Pachuca al nacional de teatro… la Navidad o Año Nuevo en tu casa, ya no me acuerdo qué fue… la vez que me llevaste a mi casa después de cuatro desarmadores… nuestros paseos en la Zona Rosa de la CDMX… las sesiones de fotografía… las confidencias…

Hoy estuve en shock cuando leí la noticia de tu muerte. Pensaba en ti, en la última vez que hablé contigo hace unos meses, cuando, estupefacto, me diste las gracias por algo que hice por ti. Como si yo hubiera olvidado todas las veces que tú estuviste ahí para mí.

Te estoy llorando, amigo, pero como le dije a Ceci Bravo en la mañana: “Se vale llorar por el amigo que ha partido, por la añoranza de los momentos vividos, pero siempre sin olvidarnos de agradecer haber coincidido con alguien que tocó muchas vidas, incluidas las nuestras”, incluida la mía.

Gracias, mi Alf, mi Manfredo Maravilla, mi amigo, mi hermano del alma. Gracias por haberme querido tanto, por aceptarme y amarme tal cual soy. Bien sabes que fuiste correspondido y que siempre ocuparás un lugar muy especial en mi corazón.

Salúdame a Goly y a Luis Javier.
Hasta siempre, amigo. Hasta que nos volvamos a ver.

Escrito el 9 de enero de 2023.

Manchas

La primera vez que lo vi era un cachorrito. Arturo lo llevó a la casa y se quedó a dormir con él en la sala. Yo iba llegando en la noche y le dije: «Si se hace, tú limpias», o algo así. Fue en el 2008. Al día siguiente se fue a casa de la abuela para que lo conociera.

Así como yo supongo que mi mamá jamás pensó, cuando lo conoció, que allá por el 2010 iba a acabar rescatándolo del exilio, yo tampoco imaginé que en el 2021 él, y la Triana —su viejona—, acabarían viviendo conmigo.

Manchas era un perro feliz, cuya actividad diaria consistía en dormir por la mañana y levantarse de vez en cuando para tratar de alcanzar a alguno de los gatos a través de la reja que los separa; lamer el piso, lamer su pata o, simplemente, pararse en medio del patio (así, literal). Cuando comenzó a hacer eso, le dije en broma a Ángela que seguro ya no se acordaba si estaba saliendo o entrando de la casa. Y sí: resultó que, en alguna visita al doGtor, nos dijo que esas ya eran conductas propias de los perritos de su edad.

Aunque a veces andaba de malas, era muy querendón. Vivía para el apapacho y para su paseo diario al parque… aunque el paseo ya sólo consistía en irnos a sentar donde nos diera el solecito para que no se enfermara, porque catorce años y ocho meses para mi viejito ya estaban siendo muchos. Eso es algo que tampoco pensamos nunca. Así que, después de unos meses con algunos temitas de salud respiratorios, mi gordo —que ya no estaba gordo— descansa en paz.

Hasta la vista, nene. Acá te cuidamos a tu viejona.

Escrito el 16 de diciembre de 2022.

Marcelo

Marcelo Goyenechea García era el verdadero nombre de mi padre, quien, por azares del destino, acabó siendo Bonilla en lugar de Goyenechea. Él decidió venir y dejar este plano el mismo día, un 29 de enero, con 77 años de diferencia.

Poco puedo decir de un hombre que no se dejó conocer, salvo que era feliz tomando whisky en las noches y escuchando música de diferentes tipos según la etapa musical en que anduviera. Tuvo su periodo de tango, de cumbia, de mambo, de salsa, de country, de jazz y vaya usted a saber de qué más.

Supongo que para ahorita ya estará con Nietzsche, aunque no sé si vaya a reconocer la gran admiración que le tenía, porque mi padre era así; siempre he creído que un día entró a una tienda en la que estaba de oferta la verdad absoluta… y él la compró toda.

Brillante, como pocos, fue apagando su luz desde mucho tiempo antes de dejar este plano y se llevó a la tumba los motivos que, cualesquiera que hayan sido, ya forman parte del olvido.

Para mí, fue el padre que yo escogí y quien, cabalmente y con toda precisión, dio vida al guión que le pasé y que me ha permitido crecer en conciencia.

Descansa en paz… pero sólo unos días, porque en poco tiempo celebraremos tu vida.

Escrito el 1o de febrero de 2017.

El “Siii, aaaa-moooo” de cada día (léase con voz de Igor)

Todo lo que hacemos sirve a uno de dos amos —y ya lo dice el viejo y conocido refrán «el que a dos amos sirve con alguno queda mal»—. Este amo puede ser: el ego o el amor. ¿Por qué? Porque en algún momento —consciente o inconscientemente— así lo elegimos. Y para saber a cuál de ellos sirves hoy, basta con observarte.

Sirves al ego cuando crees que eres tu título universitario, la cantidad que guardas en tu cuenta bancaria o los logros que acumulas. Cuando piensas que, para que algo salga bien, lo tienes que hacer tú. Cuando buscas culpables de lo que te sucede, cuando vives en el pasado o en el futuro. Cuando te preocupas, sufres, temes, te enojas por todo (o peor: por nada). Cuando envidias lo que otros tienen o te presionas porque a estas alturas de tu vida ya deberías haber logrado __________ (llene la línea punteada). Cuando necesitas controlar todo y a todos, cuando te invade la prisa y crees que si no haces algo estás perdiendo el tiempo. Cuando das esperando recibir, cuando te sientes culpable… La lista podría seguir.

Sirves al amor cuando eres feliz sin razón, cuando sientes paz, cuando disfrutas tu vida y compartes tu alegría. Cuando eres bondadoso, compasivo, amable, amistoso, humilde. Cuando habitas el momento presente y confías en que estás justamente donde debes estar, haciendo lo que te corresponde —según una maestra que tuve, siempre estamos o donde más servimos o donde más aprendemos—. Cuando, en lugar de juzgar a otros, reconoces que detrás de su conducta hay un pedido de amor y respondes con amor. Cuando das sin esperar nada a cambio (ni siquiera las gracias) y no sientes que pierdes por hacerlo. Cuando amas sin condiciones, cuando puedes ver la inocencia en cada ser de esta tierra —de esto hablaremos después—, cuando simplemente eres.

¿Y si descubres que sirves más al ego que al amor? No te culpes: esa sería otra forma de servir al ego. Sólo reconoce que «se te fue» y retoma tu camino a vivir desde el amor. Y si como dice la canción «tropecé de nuevo y con la misma piedraaaaa», recuerda que siempre puedes elegir de nuevo.

¿A qué amo estás sirviendo hoy?
Puedes ser honesto, porque no es examen.
Si te sirve saberlo, a mí también se me va… a todos se nos va.

Pero el amor es paciente y siempre espera. Por eso, cuando —cual hijo pródigo— decides volver, te reconoce, porque el amor no está afuera: es lo que eres. Y cada vez que vuelves a él, vuelves a ti.

Faro de Luz

Si en medio de tu viaje te das cuenta de que sólo puedes percibir oscuridad, no tengas miedo. Detente un momento y comienza a quitar las vendas que cubren tus ojos. Al inicio verás una pequeña y tenue luz, pero si continúas con el proceso notarás cómo se vuelve cada vez más grande y luminosa, hasta que descubras que la luz siempre estuvo ahí, dentro de ti.

Escrito el 21 de mayo de 2013