Viniendo de donde vengo, no podía haber querido que las cosas fueran diferentes. Como conté antes, pertenezco a la generación a la que se le pidió ser perfecta, y eso se traducía en tres mandatos silenciosos: ser un adulto pequeño, sacar buenas calificaciones y ser obediente.
Ser un adulto pequeño implicaba no causar problemas, aunque eso significara renunciar a vivir una infancia plena. Mi mamá solía contarnos algunas de sus travesuras infantiles; ni en mis más remotas fantasías se me habría ocurrido hacer algo parecido a lo que ella contaba, porque simplemente me habría ido como en feria. Es más, no hablemos de hacer algo parecido: ni siquiera se me habría ocurrido pensarlo.
Sacar buenas calificaciones se me daba natural. Nunca hice grandes esfuerzos ni me maté estudiando. Sí dedicaba tiempo a hacer los deberes escolares y a estudiar lo necesario para seguir acumulando dieces, aunque en realidad no me sirvieron para nada. Tengo que admitir que, inconscientemente, buscaba reconocimiento… algo que mi mente traducía como cariño.
Ser obediente significaba hacer todo lo que se te pedía sin chistar. Incluía convertirte en lo que otros esperaban que fueras, comportarte como la ocasión lo dictara; es decir, dejar de ser tú para encajar.
Obviamente, si eso había funcionado bien conmigo, esperaba que funcionara igual de bien con mis hijos. Así que repetí el patrón sin cuestionar si los métodos empleados eran los adecuados. Uno no puede cuestionar algo cuando no conoce otra cosa.
Recuerdo haber ido a la escuela de mis hijos para preguntar «¿por qué no les corregían la ortografía en los textos libres que escribían cada semana?». La respuesta fue clara: «Ahorita nos interesa que escriban; si empezamos a señalarles los errores, van a dejar de escribir». En su momento no quedé muy convencida. Si yo siempre había tenido excelente ortografía, esperaba lo mismo de ellos. A los niños de dieces nos cuesta aceptar que nuestros hijos no son nosotros, y que su proceso, su personalidad, sus logros y su vida no tienen por qué ser iguales que los nuestros.
Una vez alguien me dijo que la obediencia era inutilidad aprendida. Y sí. Uno se vuelve lo suficientemente inútil en el arte de tomar decisiones, en el de saber qué quiere, incluso en el de soñar. Se termina decidiendo conforme a la encrucijada en turno, sobreviviendo a lo que va llegando y aplastando los sueños incluso antes de que alcancen a formularse.
La peor respuesta que pueden darme mis hijos cuando les pregunto algo es: «No sé». Y ahora entiendo por qué me desespera tanto. Si alguien me preguntara cuál es mi más grande sueño en la vida, honestamente respondería: «No sé». Eso es lo que pasa cuando fuiste muy obediente: necesitas que alguien más te diga qué hacer… y, peor aún, qué ser, porque no sabes no sabes ser tú ni tampoco qué quieres.
Creo que, en vez de tratar de enseñarles a mis hijos a ser perfectos para cumplir mis expectativas, debí enfocarme en enseñarles a ser ellos mismos. Ayudó que ellos no son de la misma generación que yo, y que no están dispuestos a perderse a sí mismos en medio de la complacencia. Así que, entre que ya traen un chip integrado que les permite decir «no, esto no va conmigo» y tener ideas propias, la escuela en la que personalmente los inscribí desde el preescolar o la primaria —según el caso— y el hecho de que abrí los ojos no tan tarde, hoy puedo verlos siendo ellos mismos, viviendo su vida, siguiendo sus propios sueños y, lo mejor de todo: estando lejos, muy lejos, de ser perfectos.
