Archivo del Autor: Marcela Bonilla Jimenez

Tienes que ser perfect@

Viniendo de donde vengo, no podía haber querido que las cosas fueran diferentes. Como conté antes, pertenezco a la generación a la que se le pidió ser perfecta, y eso se traducía en tres mandatos silenciosos: ser un adulto pequeño, sacar buenas calificaciones y ser obediente.

Ser un adulto pequeño implicaba no causar problemas, aunque eso significara renunciar a vivir una infancia plena. Mi mamá solía contarnos algunas de sus travesuras infantiles; ni en mis más remotas fantasías se me habría ocurrido hacer algo parecido a lo que ella contaba, porque simplemente me habría ido como en feria. Es más, no hablemos de hacer algo parecido: ni siquiera se me habría ocurrido pensarlo.

Sacar buenas calificaciones se me daba natural. Nunca hice grandes esfuerzos ni me maté estudiando. Sí dedicaba tiempo a hacer los deberes escolares y a estudiar lo necesario para seguir acumulando dieces, aunque en realidad no me sirvieron para nada. Tengo que admitir que, inconscientemente, buscaba reconocimiento… algo que mi mente traducía como cariño.

Ser obediente significaba hacer todo lo que se te pedía sin chistar. Incluía convertirte en lo que otros esperaban que fueras, comportarte como la ocasión lo dictara; es decir, dejar de ser tú para encajar.

Obviamente, si eso había funcionado bien conmigo, esperaba que funcionara igual de bien con mis hijos. Así que repetí el patrón sin cuestionar si los métodos empleados eran los adecuados. Uno no puede cuestionar algo cuando no conoce otra cosa.

Recuerdo haber ido a la escuela de mis hijos para preguntar «¿por qué no les corregían la ortografía en los textos libres que escribían cada semana?». La respuesta fue clara: «Ahorita nos interesa que escriban; si empezamos a señalarles los errores, van a dejar de escribir». En su momento no quedé muy convencida. Si yo siempre había tenido excelente ortografía, esperaba lo mismo de ellos. A los niños de dieces nos cuesta aceptar que nuestros hijos no son nosotros, y que su proceso, su personalidad, sus logros y su vida no tienen por qué ser iguales que los nuestros.

Una vez alguien me dijo que la obediencia era inutilidad aprendida. Y sí. Uno se vuelve lo suficientemente inútil en el arte de tomar decisiones, en el de saber qué quiere, incluso en el de soñar. Se termina decidiendo conforme a la encrucijada en turno, sobreviviendo a lo que va llegando y aplastando los sueños incluso antes de que alcancen a formularse.

La peor respuesta que pueden darme mis hijos cuando les pregunto algo es: «No sé». Y ahora entiendo por qué me desespera tanto. Si alguien me preguntara cuál es mi más grande sueño en la vida, honestamente respondería: «No sé». Eso es lo que pasa cuando fuiste muy obediente: necesitas que alguien más te diga qué hacer… y, peor aún, qué ser, porque no sabes no sabes ser tú ni tampoco qué quieres.

Creo que, en vez de tratar de enseñarles a mis hijos a ser perfectos para cumplir mis expectativas, debí enfocarme en enseñarles a ser ellos mismos. Ayudó que ellos no son de la misma generación que yo, y que no están dispuestos a perderse a sí mismos en medio de la complacencia. Así que, entre que ya traen un chip integrado que les permite decir «no, esto no va conmigo» y tener ideas propias, la escuela en la que personalmente los inscribí desde el preescolar o la primaria —según el caso— y el hecho de que abrí los ojos no tan tarde, hoy puedo verlos siendo ellos mismos, viviendo su vida, siguiendo sus propios sueños y, lo mejor de todo: estando lejos, muy lejos, de ser perfectos.

¿Cómo así?

Así dicen en Colombia, como haciendo una pausa, cuando algo de la historia escuchada sorprende. A mí me gusta mucho cómo suena esa expresión, que escuché tantas veces en Medellín a inicios de los años 90.

Hoy día tengo 59 años. Y como que, a esta edad, a uno le toca reflexionar. Tuve dos hijos, que actualmente tienen 33 y 31, y una hija de 26. Tan queridos…

Los eduqué, como muchos padres de mi generación, bajo las mismas premisas con las que me educaron a mí, porque uno va por la vida creyendo que todo lo que le contaron era cierto. Sí hice algunos cambios, pero fueron pocos. En mi afán de que fueran hombres y mujeres de bien, llegué a tener actitudes que en su momento consideré adecuadas y también instalé en su mente ideas que hoy sé que no fueron las mejores.

Hasta inicios de 2023 no tenía conciencia de las catástrofes a las que, sin querer, pude haberlos inducido con mi “sabiduría” y mis métodos pedagógicos. Y no lo digo como justificación, porque no la hay. Simplemente pertenezco a la generación de adultos chiquitos, educados para obedecer, portarse bien, no cuestionar y no causar problemas. La generación que obedecía más por miedo a las consecuencias —humanas o divinas— que por verdadera convicción.

Fue hasta un año después, en 2024, que empezó a llegarme información que me permitió ver, con mucha claridad, las consecuencias reales que la educación que recibieron mis hijos ha tenido en su vida adulta. Hoy creo firmemente que no todo lo que dije debió decirse, y que no todo lo que hice debió hacerse.

Pero no puedo regresar el tiempo. Lo que sí puedo hacer es dejar evidencia de lo que hoy veo, desde la conciencia que antes no tenía, sin pretender tener la verdad absoluta ni ser gurú de nada.

Escribo esto con la esperanza de que lo que comparta le sirva a alguien —para prevenir, para corregir, o para mirar qué viene haciendo—. Y también, quizá, para que mis hijos sepan algún día que estoy reconociendo y nombrando mis propias mentiras, una por una.

No salí tan mal… (Spoiler: me engañé)

Crónica de una repetición anunciada

A pesar de que alguna vez juré y perjuré que no haría lo mismo que mi mamá al educar a mis hijos, acabé repitiendo exactamente lo que tanto critiqué, amparada en la tan traicionera frase de: «no salí tan mal». Durante años creí que de verdad lo estaba haciendo muy bien. Hasta que un día me percaté de dos cosas a la vez: ni lo estaba haciendo bien… ni salí tan bien como yo creía. Este pequeño destello de lucidez fue suficiente para empezar a ver la raíz del asunto.

Esa frase la usé para justificar el uso de los mismos métodos —más antipedagógicos que pedagógicos— que mi sacrosanta madre utilizó conmigo para educarme. Y si hoy escribo esto, no es en tono de juicio, sino como reconocimiento de una gran verdad: todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos. Y esto es así porque, si supiéramos hacerlo de otra manera, lo haríamos distinto.

Con los años descubrí algo curioso: basta decir «yo no voy a hacer _____ con mis hijos» para que el universo responda «¡Concedido!». Uno termina repitiendo lo mismo que vivió en carne propia y, al hacerlo, sólo pueden pasar dos cosas:

  • no te das cuenta y continuas con la bonita tradición familiar, o
  • te das cuenta de que estás haciendo lo mismo y estás lastimando a tus hijos.

Si te pasa la segunda opción, de pronto, un rayo de lucidez te obliga a preguntarte: «¿por qué si yo lo hago está bien y si mi mamá lo hacía estaba mal?».

En mi caso, sólo necesité una pizca de conciencia para darme cuenta de que, si yo tuve un motivo válido, seguramente mi mamá también, porque detrás de cada acción siempre hay una buena intención. Seguramente que ambas la tuvimos, aunque la forma de ejecutarla haya sido la menos pedagógica. Y es justamente por eso que salí peor de lo que imaginaba.

A lo largo de los años me he dado cuenta de que las heridas de mi infancia siguen abiertas y, por lo tanto, duelen. Y peor aún, veo en mis propios hijos las marcas que llevan a consecuencia de las que yo les infringí. No sola, claro, pero sólo puedo hablar por mí.

Hoy sé que repetir lo que no me gustó no fue destino: fue inconsciencia. Y que es mejor romper un patrón tarde que no romperlo nunca. También puedo reconocer mis errores sin justificarme y sin repartir culpas. Puedo ver las heridas que cargué y sigo cargando, y también las que pasé sin querer.

Transformar una historia comienza por nombrarla. No escribo ni desde la culpa ni desde la vergüenza, sino desde la conciencia y la responsabilidad. Porque quiero que, si algún día mis hijos me leen, sepan que sé que no fui la madre perfecta, pero sí una que decidió dejar de actuar en piloto automático y crecer en conciencia.

Sin ser programación ni terapia… Hola Mundo!

De niña siempre dije que iba a ser médico. Pero la vida da muchas vueltas y, lejos de un día llegar a ser nombrada doctora, terminé convertida en ingeniera en sistemas. Y como dicen que no hay que perder las raíces, decidí comenzar con el primer programa que uno escribe cuando aprende programación: Hola Mundo!

Escribir se me da de forma natural, aunque no lo hago tan seguido. A veces lo he hecho porque no quedaba de otra; otras, más como hobby, y el resto como terapia… no precisamente ocupacional, sino como una forma de soltar. Lo que sí sé es que llevo mucho tiempo pensando que quiero escribir, sin saber qué quiero escribir ni para qué exactamente.

Así como en la escuela dicen que «la pregunta de uno puede ser la pregunta de muchos», en la vida se puede decir que «la regada de uno puede ser la regada de muchos», porque resulta ser que, al final, sí se trataba de programación… nada más que nadie sabía.

Y no hay por qué sentirse mal por esto; como dijeran por ahí, «lo importante es que tenemos salud»… y que ya empecé a escribir con el único deseo de compartir mis experiencias de vida y mis reflexiones personales, porque si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo.

Pero, como dije, esto no es terapia. Más bien es como un buffet: puede agarrar lo que quiera —o lo que le sirva— y, si nada le sirve, al menos pásela bien.