Archivo de la categoría: El copy-paste transgeneracional

Bugs ciclados que sigo intentando depurar

No salí tan mal… (Spoiler: me engañé)

Crónica de una repetición anunciada

A pesar de que alguna vez juré y perjuré que no haría lo mismo que mi mamá al educar a mis hijos, acabé repitiendo exactamente lo que tanto critiqué, amparada en la tan traicionera frase de: «no salí tan mal». Durante años creí que de verdad lo estaba haciendo muy bien. Hasta que un día me percaté de dos cosas a la vez: ni lo estaba haciendo bien… ni salí tan bien como yo creía. Este pequeño destello de lucidez fue suficiente para empezar a ver la raíz del asunto.

Esa frase la usé para justificar el uso de los mismos métodos —más antipedagógicos que pedagógicos— que mi sacrosanta madre utilizó conmigo para educarme. Y si hoy escribo esto, no es en tono de juicio, sino como reconocimiento de una gran verdad: todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos. Y esto es así porque, si supiéramos hacerlo de otra manera, lo haríamos distinto.

Con los años descubrí algo curioso: basta decir «yo no voy a hacer _____ con mis hijos» para que el universo responda «¡Concedido!». Uno termina repitiendo lo mismo que vivió en carne propia y, al hacerlo, sólo pueden pasar dos cosas:

  • no te das cuenta y continuas con la bonita tradición familiar, o
  • te das cuenta de que estás haciendo lo mismo y estás lastimando a tus hijos.

Si te pasa la segunda opción, de pronto, un rayo de lucidez te obliga a preguntarte: «¿por qué si yo lo hago está bien y si mi mamá lo hacía estaba mal?».

En mi caso, sólo necesité una pizca de conciencia para darme cuenta de que, si yo tuve un motivo válido, seguramente mi mamá también, porque detrás de cada acción siempre hay una buena intención. Seguramente que ambas la tuvimos, aunque la forma de ejecutarla haya sido la menos pedagógica. Y es justamente por eso que salí peor de lo que imaginaba.

A lo largo de los años me he dado cuenta de que las heridas de mi infancia siguen abiertas y, por lo tanto, duelen. Y peor aún, veo en mis propios hijos las marcas que llevan a consecuencia de las que yo les infringí. No sola, claro, pero sólo puedo hablar por mí.

Hoy sé que repetir lo que no me gustó no fue destino: fue inconsciencia. Y que es mejor romper un patrón tarde que no romperlo nunca. También puedo reconocer mis errores sin justificarme y sin repartir culpas. Puedo ver las heridas que cargué y sigo cargando, y también las que pasé sin querer.

Transformar una historia comienza por nombrarla. No escribo ni desde la culpa ni desde la vergüenza, sino desde la conciencia y la responsabilidad. Porque quiero que, si algún día mis hijos me leen, sepan que sé que no fui la madre perfecta, pero sí una que decidió dejar de actuar en piloto automático y crecer en conciencia.