Archivo de la categoría: Las mentiras que les conté a mis hijos

Porque es de sabios equivocarse… y reconocer que las ‘grandes enseñanzas’ dadas a los hijos eran puras patrañas.

Las nubes no son azules

Cuando era niña, en una salida sabatina con mi papá, en el desaparecido Distrito Federal (hoy CDMX), fuimos al Centro de Convivencia Infantil, que —si mi memoria no me falla— está en el Paseo de la Reforma. Si me falló, pues ya ni modo: habrá que pedirle a Google la ubicación exacta si alguien gusta saber a dónde fui.

Bueno, pues fuimos mi papá, mi hermana y yo al citado lugar, y Gaby y yo entramos a un espacio donde había una pista en la que podías andar en bici o triciclo, según tu edad.

La cosa estaba de lujo, lo más genial del mundo mundial —al menos para mí—: callecitas, líneas discontinuas, puentecito elevado, semáforos en la intersección de las calles y toda la cosa. Una andaba ahí en modalidad chofer designado.

En esa ocasión, una vez concluido el recorrido —que no recuerdo cuántas veces pude hacer, porque no, no era permanencia voluntaria— salimos de ahí y había unos jóvenes con mandiles puestos. No por mandilones, sino porque estaban encargados de llevar a cabo la actividad de arte, que consistía en asignarte un caballete en el que podías echar a volar tu imaginación y crear tu obra maestra con crayolas… Mmm… ahora que lo pienso, si eran crayolas, el mandil estaba de más, pero bueno.

Así que me dio el atacazo artístico y me puse a dibujar. En realidad la pintura no se me daba. Una cosa es que yo sea muy inteligente y otra muy diferente que sea muy creativa; creativa sí soy, pero mi creatividad no encuentra salida en las artes plásticas. Mi dibujo era bastante simple: arriba unas nubes y abajo supongo que puse la típica casita de techo rojo con chimenea humeante, el pastito, el arbolito, las flores… y se acabó.

Cuando terminé mi creación le dije al chavo que estaba encargado:
—Ya terminé.

Obviamente yo me sentía Picasso wanna be, o la encarnación de Rembrandt o algo así; realmente estaba orgullosa de lo que había logrado. El chavo vino, se quedó viendo mi obra de arte y me dijo:
—Las nubes no son azules.

Y yo, en mi mente, pensé: ¿E-cui-mi? Pero lo que le dije, con toda la seguridad del mundo, fue:
—Sí son.

No lo culpo. Debe haber tenido entre 18 y 20 años, así que por la edad y por la época en que tuvo lugar este evento, no creo que supiera nada de inteligencia emocional. Sin más reparo, levantó el dedo índice de su mano, señaló hacia arriba y me dijo:
—Voltea.

Eché la cabeza hacia atrás para mirar al cielo y cuál sería mi asombro al darme cuenta que yo estaba equivocada: las nubes eran blancas. Debo haber tenido unos 7 u 8 años, pero honestamente en todos mis dibujos yo siempre pintaba las nubes de color azul. Mi autoestima, mi dignidad y mi creatividad, todas juntas, se fueron 3 metros bajo tierra a partir de ese momento. Me sentí como si estuviera encuerada y todo mundo me estuviera viendo. En mi mente fue como si el chavo hubiera agarrado un megáfono y hubiera dicho algo como «¿ya vieron? esta niña tonta no sabe que las nubes son blancas». Me dio muchísima vergüenza. No recuerdo si me llevé mi dibujo o lo dejé ahí.

Lo que sí sé es que ese pequeño incidente marcó mi vida, se me tatuó en el alma con un hierro candente (ya sé que no se usa el hierro candente para esto, pero así lo sentí).

La frase las nubes no son azules es una metáfora. No es que yo haya dicho esas mismas palabras. Utilicé no sólo palabras, sino acciones distintas para descalificar a mis hijos de muchas formas: arrancando la hoja de la tarea para que la repitieran; obligándolos a comer lo que no les gustaba; vaciándoles todo el clóset para que guardaran como si fueran adultos; vociferando «¿qué no puedes hacer nada bien?» cuando algo no les quedaba como yo quería… La lista podría continuar, pero con esa probadita es suficiente.

Lo peor de esta historia es que a mí me dijo la frase un perfecto desconocido, y sufrí en carne propia los efectos de su connato de descalificación. Y lo llamo así porque sé que no lo hizo en mal plan; no lo justifico, pero entiendo que ni cuenta se dio de lo que hizo. Yo, en cambio, no era una desconocida para mis hijos, y no me tenté el corazón para darles —de muchas formas— el mensaje de que «las nubes no son azules».

Hoy sé que no tuve razón en hacerlo. No porque las nubes sean blancas, sino porque el daño nunca estuvo en el color, sino en el mensaje.

Lo que hice fue desautorizar su experiencia al intentar cambiar su mirada por la mía. Les dije —sin decirlo— que lo que veían, sentían, intuían o hacían no era válido si no coincidía con lo que yo creía correcto.

Y ésa es la verdadera mentira: hacerle creer a un hijo que lo que es, lo que siente o lo que hace, no está bien.

Tienes que ser perfect@

Viniendo de donde vengo, no podía haber querido que las cosas fueran diferentes. Como conté antes, pertenezco a la generación a la que se le pidió ser perfecta, y eso se traducía en tres mandatos silenciosos: ser un adulto pequeño, sacar buenas calificaciones y ser obediente.

Ser un adulto pequeño implicaba no causar problemas, aunque eso significara renunciar a vivir una infancia plena. Mi mamá solía contarnos algunas de sus travesuras infantiles; ni en mis más remotas fantasías se me habría ocurrido hacer algo parecido a lo que ella contaba, porque simplemente me habría ido como en feria. Es más, no hablemos de hacer algo parecido: ni siquiera se me habría ocurrido pensarlo.

Sacar buenas calificaciones se me daba natural. Nunca hice grandes esfuerzos ni me maté estudiando. Sí dedicaba tiempo a hacer los deberes escolares y a estudiar lo necesario para seguir acumulando dieces, aunque en realidad no me sirvieron para nada. Tengo que admitir que, inconscientemente, buscaba reconocimiento… algo que mi mente traducía como cariño.

Ser obediente significaba hacer todo lo que se te pedía sin chistar. Incluía convertirte en lo que otros esperaban que fueras, comportarte como la ocasión lo dictara; es decir, dejar de ser tú para encajar.

Obviamente, si eso había funcionado bien conmigo, esperaba que funcionara igual de bien con mis hijos. Así que repetí el patrón sin cuestionar si los métodos empleados eran los adecuados. Uno no puede cuestionar algo cuando no conoce otra cosa.

Recuerdo haber ido a la escuela de mis hijos para preguntar «¿por qué no les corregían la ortografía en los textos libres que escribían cada semana?». La respuesta fue clara: «Ahorita nos interesa que escriban; si empezamos a señalarles los errores, van a dejar de escribir». En su momento no quedé muy convencida. Si yo siempre había tenido excelente ortografía, esperaba lo mismo de ellos. A los niños de dieces nos cuesta aceptar que nuestros hijos no son nosotros, y que su proceso, su personalidad, sus logros y su vida no tienen por qué ser iguales que los nuestros.

Una vez alguien me dijo que la obediencia era inutilidad aprendida. Y sí. Uno se vuelve lo suficientemente inútil en el arte de tomar decisiones, en el de saber qué quiere, incluso en el de soñar. Se termina decidiendo conforme a la encrucijada en turno, sobreviviendo a lo que va llegando y aplastando los sueños incluso antes de que alcancen a formularse.

La peor respuesta que pueden darme mis hijos cuando les pregunto algo es: «No sé». Y ahora entiendo por qué me desespera tanto. Si alguien me preguntara cuál es mi más grande sueño en la vida, honestamente respondería: «No sé». Eso es lo que pasa cuando fuiste muy obediente: necesitas que alguien más te diga qué hacer… y, peor aún, qué ser, porque no sabes no sabes ser tú ni tampoco qué quieres.

Creo que, en vez de tratar de enseñarles a mis hijos a ser perfectos para cumplir mis expectativas, debí enfocarme en enseñarles a ser ellos mismos. Ayudó que ellos no son de la misma generación que yo, y que no están dispuestos a perderse a sí mismos en medio de la complacencia. Así que, entre que ya traen un chip integrado que les permite decir «no, esto no va conmigo» y tener ideas propias, la escuela en la que personalmente los inscribí desde el preescolar o la primaria —según el caso— y el hecho de que abrí los ojos no tan tarde, hoy puedo verlos siendo ellos mismos, viviendo su vida, siguiendo sus propios sueños y, lo mejor de todo: estando lejos, muy lejos, de ser perfectos.

¿Cómo así?

Así dicen en Colombia, como haciendo una pausa, cuando algo de la historia escuchada sorprende. A mí me gusta mucho cómo suena esa expresión, que escuché tantas veces en Medellín a inicios de los años 90.

Hoy día tengo 59 años. Y como que, a esta edad, a uno le toca reflexionar. Tuve dos hijos, que actualmente tienen 33 y 31, y una hija de 26. Tan queridos…

Los eduqué, como muchos padres de mi generación, bajo las mismas premisas con las que me educaron a mí, porque uno va por la vida creyendo que todo lo que le contaron era cierto. Sí hice algunos cambios, pero fueron pocos. En mi afán de que fueran hombres y mujeres de bien, llegué a tener actitudes que en su momento consideré adecuadas y también instalé en su mente ideas que hoy sé que no fueron las mejores.

Hasta inicios de 2023 no tenía conciencia de las catástrofes a las que, sin querer, pude haberlos inducido con mi “sabiduría” y mis métodos pedagógicos. Y no lo digo como justificación, porque no la hay. Simplemente pertenezco a la generación de adultos chiquitos, educados para obedecer, portarse bien, no cuestionar y no causar problemas. La generación que obedecía más por miedo a las consecuencias —humanas o divinas— que por verdadera convicción.

Fue hasta un año después, en 2024, que empezó a llegarme información que me permitió ver, con mucha claridad, las consecuencias reales que la educación que recibieron mis hijos ha tenido en su vida adulta. Hoy creo firmemente que no todo lo que dije debió decirse, y que no todo lo que hice debió hacerse.

Pero no puedo regresar el tiempo. Lo que sí puedo hacer es dejar evidencia de lo que hoy veo, desde la conciencia que antes no tenía, sin pretender tener la verdad absoluta ni ser gurú de nada.

Escribo esto con la esperanza de que lo que comparta le sirva a alguien —para prevenir, para corregir, o para mirar qué viene haciendo—. Y también, quizá, para que mis hijos sepan algún día que estoy reconociendo y nombrando mis propias mentiras, una por una.