La profesión de mi abuelo materno, Mateo, era la de ser médico, así que yo desde muy pequeña declaré que iba a seguir sus pasos. Como durante los primeros 10 años de mi vida vivimos en ciudades diferentes, cuando llegaba el verano y lo visitábamos, tenía la oportunidad de vivir mi fantasía.
El área de su consultorio contaba con dos habitaciones: en la primera, estaba su escritorio y su biblioteca médica; en la siguiente, tenía una mesa de operaciones, el esterilizador, la máquina de diatermia, una mesa hermosa de mármol donde tenía el instrumental quirúrgico y un anaquel de madera, tipo librero, en que tenía las muestras médicas que le dejaban los agentes viajeros y que él después entregaba a sus pacientes.
Yo era muy feliz yendo a su consultorio, por mí hubiera estado dando consulta con él, pero no me dejaban, así que me conformaba con ir a limpiar el anaquel de las medicinas. Ya era yo toda una doctora por el hecho de ir a limpiar las repisas y las cajitas que contenían los medicamentos. Me encantaba leer los componentes químicos, no sé para qué, pero era algo que me gustaba hacer.
Me mantuve firme a mi vocación durante 13 años. Yo estudiaba en una escuela en la que había un grupo Scout, pero era sólo para hombres, sin embargo, en 1979 la Asociación de Scouts de México incorporó a las unidades femeninas. Entonces, la escuela quería voluntarias y yo casi sin pensarlo me apunté.
Sólo una amiga y yo nos inscribimos. Nos correspondía formar una tropa, pero sólo éramos dos miembros y no teníamos dirigente. Entonces nos propusieron dirigir a las gacelas, que eran las niñas más pequeñas.
Ahí conocimos a Marina, que era la lobatera, la dirigente de los niños más pequeños, los lobatos. Ella estaba esperando el mes de agosto para irse a estudiar la carrera de Ingeniería en Sistema. Yo no tenía ni idea de qué iba eso. Estábamos terminando la década de los 70’s o estrenando el año de 1980 y hasta ese momento no sabía que las computadoras existían. Pero eso no fue obstáculo para que yo hiciera una declaración «voy a estudiar Ingeniería en Sistemas».
Así que eso hice. Sin saber qué me movió a tomar esa decisión, en un segundo dejé mi sueño de ser doctora y ahora iba a ser ingeniera.
Ya cursando la prepa, mi tío Mateo, hermano de mi mamá fue a Oaxaca, donde vivíamos en aquél entonces. Sentados en el antecomedor de mi abuelita, me preguntó: «y todavía quieres estudiar medicina». Yo le dije «no, ya no». Él respondió: «qué bueno…» y yo terminé diciendo: «ahora quiero ser ingeniera en sistemas». Creo que no le gustó la idea, porque dijo algo como: «no, bueno, eso está peor».
Cuando en 1984 nos hicieron la prueba de aptitud vocacional en la prepa todo apuntó a que podía estudiar lo que quisiera, porque en ese entonces te daban un resultado así muy general, entonces recibí algo como ingeniería, arquitectura, medicina, bla bla bla. En ese entonces, en tercero de prepa te especializabas en ciencias o en letras, no había tanta división como hoy, que hay químico-biólogos, físico-matemáticos, economo-administrativos y humanidades.
En fin. Sí estudié Ingeniería en Sistemas. A mitad de la carrera, que duró 9 semestres, sí me dio el «algo» y sí pensé en salirme para regresar a mi vocación, pero mi amigo Gilberto, de Guanajuato, me dijo «ya vas a más de la mitad, termina y luego haces lo que quieras».
Estando en 8o ó 9o semestre todavía me volvió a picar el gusanito de «yo quiero ser médico». En ese entonces trabajaba en Servicios Académicos en el Tec, así que llegó no sé quién que tenía que ver con la carrera de Medicina. Mi jefe le preguntó si había posibilidades de que alguien estudiara medio tiempo, pensando en que yo consiguiera una beca, trabajara medio tiempo como Ingeniera en Sistemas y el otro medio tiempo fuera estudiante de Medicina, pero le dijo que no, que era la única carrera en que sólo admitían estudiantes de tiempo completo.
Mi abuelita Victoria sabía que yo quería estudiar medicina, así que me dijo «si quieres, termina lo que estás estudiando, te regresas a Oaxaca, vives conmigo y, a cambio de eso, yo te pago la carrera». De sobra está decir que era un precio muy alto el que tenía que pagar para hacer eso, así que obviamente no pude decirle que sí.
Como ya he comentado, mi generación fue educada para ser cuadrada. Entonces, si ya había estudiado por 9 semestres la carrera, estaba medio en chino ponerme a estudiar otra cosa y peor una carrera tan larga como medicina. Además, ya se había acabado la beca, pasé las de Caín por estudiar en el Tec, así que mi mente no tenía permiso de pensar en «no ejercer» la bonita carrera que tantos sacrificios le costó a mi sacrosanta madre.
Y bueno, la vida continuó sin mayor inconveniente. Desde 1985, año en que entré a la carrera, hasta el 2025 en que renuncié a mi trabajo ejercí cabalmente la profesión. Sin privarme, en el transcurso de esos 40 años, de hacer cosas para seguir lo que la voz de mi vocación me había dicho desde pequeña.
Tomé cursos para ser terapeuta con ángeles; no ejercí. Sólo hice las 10 terapias gratuitas porque tenía que mandarle los casos a la instructora y después sólo ayudé a bien morir a dos personas mayores.
Me inscribí en una Maestría en Psicoterapia Transgeneracional Sistémica y me di de baja al 3er mes, porque como tengo una Maestría en Tecnología Educativa, no pude con el desorden del instituto en que la cursaba en línea. Cuando cursaba la segunda materia, la maestra ya sabía que me quería dar de baja y en su clase iba explicando «es que todas las conductas tienen una función…» y así como ejemplo casual dijo «habría que ver cuál es la función de darse de baja de una maestría».
Durante años, he participado en seminarios de desarrollo humano que para mí han sido como esa parte de poder ayudar a que las personas sanen; no su cuerpo físico (porque no soy doctora), pero sí a nivel emocional.
Hace unos días platicando con una prima le dije «mi abuelita quería ser médico, pero entre que era la hija 16 de 21 y la época, pues terminó la secundaria, no le dieron permiso de seguir estudiando y se tuvo que poner a trabajar». También le conté que mi mamá quería ser médico y mis abuelos le dijeron que «no, porque se iba a casar y no iba a ejercer», así que no la dejaron. Sin embargo, su hermano Mateo es médico y el hijo de mi tío Mateo, Yusef, también lo es.
Yo fui a casa de mi prima porque le dio influenza, así que le dije «hace mucho calor en tu cuarto, tiene que estar a tal temperatura; no te puedes untar vaporub porque te va a irritar los pulmones; no puedes inhalar vapor caliente porque se te puede volver neumonía». Ella me dijo «qué bárbara, investigaste todo» y mi respuesta fue «ejerzo sin título».
Mi mamá creo que no tenía la vocación, más bien era como una manera de ser leal a su padre; pero mi abuelita sí. Ella aprendió mucho trabajando con mi abuelo en el sanatorio; aprendió tanto que una vez que mi abuelo no había llegado de una operación que hizo en algún hospital, mi abuelita atendió el parto de una señora y era la enfermera que todos los pacientes querían que los atendiera porque tenía muy buen modo. A nivel familiar, era la que nos inyectaba porque también tenía muy buena mano, además de que era la que te consentía con el atolito, el pan tostado con mermelada y el caldito de pollo (que sólo cocinaba si te enfermabas, porque ya se había jubilado de la cocina).
Regresando de casa de mi prima me cayó el insight transgeneracional. Estaba acostada en mi cama porque según yo ya me iba a dormir, cuando algo me hizo pensar ¿por qué los hombres sí fueron médicos y las mujeres no? Y me acordé del pirañazo de la maestra cuando dijo «habría que ver cuál es la función de darse de baja de una maestría».
No me cayó un veinte, me cayó un centenario. Renuncié a tener una cédula de maestra en psicoterapia transgeneracional sistémica y poder ejercer como psicoterapeuta —con título—, pero una vez más, dejé ir la oportunidad como si fuera agua entre las manos.
Creo que mis constantes renuncias voluntarias, más inconscientes que conscientes (elegir sin seguir mi vocación, no aceptar la oferta de mi abuelita, darme de baja de la maestría), han sido la respuesta obediente de mi parte a uno de los artículos del código legal de mi familia, que ni siquiera sabía que existía, hasta hace dos noches, en mi cama, y que es: las mujeres de esta familia no tienen permiso oficial para sanar.
Porque hoy podré no ser médico, pero obediente sí soy.
